Por William Gómez Pretelt
Profesor de Ingeniería Mecánica.
MsC en Maritime Affairs
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Allí estaban frente a mis ojos, resistiendo la inclemencia submarina de los últimos 300 años: los restos del mítico galeón San José. En la pantalla de la poderosa ecosonda multihaz de nuestro buque oceanográfico aparecía un bulto bañado en los colores falsos usados para indicar la morfología del lecho marino. “¿Estás seguro de lo que ves?”, pregunté al operario sentado a mi lado, un avezado marino experto en levantamientos hidrográficos. “No hay ninguna duda mi Capitán, este es el mismo lugar del hallazgo”.

Invadido por la melancolía, una lágrima corrió sobre mi mejilla, no sabía si de emoción o tristeza. Por mi mente rondaban las imágenes de mi abuelo y sus fantásticos relatos de la noche de la batalla y el naufragio del galeón. Había revivido ese momento en mi cabeza durante años y ahora lo tenía aquí en frente, a través de un monitor en la mitad del Mar Caribe. El San José era el buque de mis amores; me había generado una absoluta pasión por los océanos, así como por las cartas náuticas en las cuales, cuando era niño, marcaba la que pensaba era su posición. Años después, esa misma pasión me convertiría en oceanógrafo y Capitán de la Armada de Colombia.

El hundimiento del galeón San José, donde perecieron 600 personas, es considerado una de las mayores pérdidas de la historia marítima de la humanidad, comparable solo con el accidente del RMS Titanic, e igual de trágico en esa época, a los acontecimientos del 911 en Nueva York. Además de invadir cada rincón del mundo conocido por aquel entonces, el suceso trajo consigo una depresión económica en Europa, y casi cien años después sería una de las causas del colapso del Imperio Español. Su explosión y posterior hundimiento la noche del 8 de junio de 1708 frente a la flota británica, son hasta hoy día todo un enigma.

Con el paso de los años, la historia se había trasformado en una especie de leyenda urbana, convirtiéndose en parte del ADN de colombianos caribeños. Hasta el mismo Gabriel García Márquez había reflejado la leyenda en sus libros El amor en los tiempos del cólera, y Cien años de soledad, donde algunos expertos afirman que Gabo habría dejado claves sobre la ubicación del galeón.

El San José había sido encontrado en 2015, a través de una coalición conformada por el Gobierno con el ICANH (Instituto Colombiano de Antropología e Historia), la Armada Nacional con el buque oceanográfico ARC Malpelo, el WHOI (Woods Hole Oceanographic Institution) y una curiosa firma consultora de la que nadie había escuchado hablar llamada M.A.C (Maritime Archaeology Consultans), cuestionada por el mundo científico y señalada de ser una empresa cazatesoros.

Sin embargo, el gran reto que nos plantean el galeón San José y la arqueología subacuática, va más allá de un hallazgo y tiene dos premisas: la primera, ver si tecnológica y económicamente es viable un proyecto científico hoy día, o si debemos esperar unos años más antes de intervenir el naufragio, apelando al mantra arqueológico de la conservación in situ. Y la segunda, imaginar formas responsables de un acceso público a este lugar.

CON EL PASO DE LOS AÑOS LA HISTORIA DEL SAN JOSÉ SE HABÍA TRANSFORMADO EN UNA ESPECIE DE LEYENDA URBANA, CONVIRTIÉNDOSE EN PARTE DEL ADN DE COLOMBIANOS CARIBEÑOS.

Con ojos de oceanógrafo

Como oceanógrafo, me llaman la atención las condiciones meteomarinas de la noche del 8 de junio de 1708 durante la Batalla de Barú o Acción de Wager donde se hundió el galeón. Se sabe que no hubo viento, lo que dificultó las maniobras tácticas de guerra aquel día; las condiciones océanoatmosféricas tampoco habían permitido mucha visibilidad debido a la alta humedad propia de esta época del año. Se conoce, además, que el viento era “flojo” en términos marineros, provenientes del noreste con una intensidad entre 4 y 6 nudos y se habían presentado algunas precipitaciones aisladas, lo que en algunos momentos de la noche dificultaría parcialmente la visibilidad.

Esta información ha sido posible debido a algunos recuentos de las bitácoras de buques españoles e ingleses presentes en la batalla, que reposan en el Archivo de Indias y en el Archivo Nacional Británico. De hecho, la historiadora Carla Rahn Phillips, intentó, a partir de estos documentos, estimar posiciones y profundidades relacionadas a la batalla y al naufragio del San José, algo muy difícil debido a la crudeza de las técnicas de navegación de la época.

Según ella, el almirante británico Charles Wager y sus comandantes de la flota conocían la geografía del área de Cartagena de Indias, así como algunas profundidades del teatro de operaciones, a través de observaciones. Las cartas náuticas de la época carecían de precisión científica, sus batimetrías eran inexactas, y la hidrografía apenas estaba en sus inicios; solo algunos oficiales navales eran ya conscientes del desarrollo científico que las ciencias náuticas requerían.

Resultaría maravilloso poder efectuar lo que se conoce como un “reanálisis”, un método científico para determinar cómo el tiempo y el clima han cambiado a través de los años y su variabilidad a partir del fenómeno del cambio climático. Los reanálisis han sido posibles en diferentes proyectos, como la NOOA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica- National Oceanic and Atmospheric Administration) que logró la reconstrucción de las precipitaciones ocurridas entre los años 1902 y 1903 acontecidas durante expedición antártica a bordo del “RRS Discovery”.

Mi historia con el San José

—¿Usted ama la mar, capitán?
—Sí, la amo. ¡El mar lo es todo! (Capitán Nemo).
Vente mil leguas de viaje submarino, Julio Verne

Mi historia con el galeón San José había iniciado dos generaciones atrás. Mi abuelo Manuel H. Pretelt, escritor e historiador, había iniciado estudios a principios del siglo XX en el Seminario Conciliar ubicado en el claustro de Santo Domingo en Cartagena de Indias, que para entonces era una ciudad en ruinas, desolada por el paso del tiempo y con sus murallas destruidas e inservibles. Allí, el abuelo se había fascinado por la famosa leyenda del galeón San José, el cuento que desde 1708 se había regado como la pólvora en cada rincón del Caribe.

Una mañana calurosa de junio en Cartagena, casi 300 años después de la Batalla de Barú, me encontraba aprendiendo a leer en la biblioteca de mi abuelo y fue allí donde escuché por primera vez la fantástica historia. Corría entonces el año de 1984, y se escuchaba por todos lados de la ciudad que el galeón y su tesoro habían sido encontrados.

La empresa cazatesoros norteamericana Glocca Morra había anunciado el hallazgo del galeón en 1982 y había vendido los derechos a la Sea Search Armada, que bajo la dirección de Jack Harbeston y con permiso del gobierno colombiano, había traído un buque oceanográfico llamado State Wave y un submarino tripulado llamado Auguste Piccard, desarrollado con fines netamente científicos por el oceanógrafo suizo Jacques Piccard.

La avanzada tecnología al servicio de esta empresa cazatesoros venía acompañada de los máximos adelantos de exploración subacuática del momento, un ROV (vehículo operado a distancia) y técnicas de buceo por saturación que permiten profundidades de casi 500 metros. Sorprendentemente, uno de los orígenes del buceo sería un proyecto tecnológico del inventor británico John Lethbridge, que en 1715, al escuchar la historia del galeón San José, se propuso contribuir a la extracción del oro y diseñó el primer “traje” de buceo. El aparato alcanzaría una profundidad inicial de 60 pies (18 mts) y con el paso del tiempo lograría los 500 metros de profundidad.

Años después y ya en la secundaria, uno de los rectores del colegio hablaba apasionadamente del galeón San José, y hasta había presentado a Jimmy Malone, uno de los profesores de literatura inglesa, como hijo de uno de los cazatesoros que había estado con él en la búsqueda del galeón. Después supe que la familia de este rector había estado involucrada con la Sea Search Armada a inicios de los 80 en la búsqueda activa del San José. Todos estos sucesos, pero principalmente la semilla plantada por mi abuelo, me habían hechizado para siempre, y llegaría a amar al San José igual que un capitán ama su buque.

La revolución científica

Su carga no llegó a Europa, pero en cambio desencadenaría en puerto una “revolución científica” que ha de moverse en tres ejes: ciencia, tecnología y desarrollo de teorías sobre el derecho del mar. Es allí, en estos ejes, y no en el oro, donde realmente se deben centrar las discusiones del galeón.

Estudiar el San José in situ como es debido, en lugar de sacarlo del fondo a la carrera, permitiría realizar ciencia en áreas como arqueología, historia, oceanografía, hidrografía, geología, biología marina, química y finalmente, historia. El estudio del galeón sobre el terreno en el que yace sería como una especie de viaje al pasado, permitiendo abrir esa cápsula de tiempo. Su observación responsable ayudaría a determinar asuntos tales como las condiciones físicas y químicas que pueden afectar un pecio en las condiciones del Mar Caribe; la interacción de la fauna alrededor del naufragio; los procesos de sedimentación, estratificación marina y descomposición o conservación de los materiales orgánicos e inorgánicos. Sería como volver al futuro desde el año 1708, dando así a conocer importantes datos sobre la época. El norteamericano Corey Malcom, experto en arqueología marítima, afirma que un proyecto de las magnitudes del San José podría durar entre 20 y 25 años.

Uno de los orígenes del buceo sería justamente un proyecto tecnológico del inventor británico John Lethbridge, que en 1715, al escuchar la historia del galeón San José, se propuso contribuir a la extracción del oro y diseñó el primer “traje” de buceo. El aparato alcanzaría una profundidad inicial de 60 pies (18 mts) y con el paso del tiempo alcanzaría los 500 metros de profundidad.

Investigación

Un estudio del galeón San José in situ con los componentes de ciencia, tecnología y derecho del mar traería un amplio desarrollo científico y académico, donde Colombia sería considerada como un “Egipto de la arqueología marina en el siglo XXI”, y el San José, un camposanto que es a la vez patrimonio de la humanidad. Es por ello que es prioritario la creación de espacios que permitan registrar, clasificar, compilar y gestionar información actualizada y a disposición de la investigación.

Proyectos como el Observatorio del galeón San José, entre otras iniciativas, permiten mecanismos de monitoreo para quienes estén interesados en seguir promoviendo la batalla de la ciencia y la tecnología. Todo ello, junto con la cooperación de otros países, un amplio trabajo científico y de reconstrucción histórica del naufragio, traerían el desarrollo arqueológico alrededor del territorio marítimo colombiano, que incluso pueda ser referente internacional.

Tecnología

El desarrollo de tecnologías subacuáticas estarían en primera línea, aprovechando a Barranquilla como eje de la industria petrolera costa afuera que ha permitido el ingreso de tecnologías subacuáticas con técnicas modernas para hallazgos de hidrocarburos, como es pistón Core a más de 3000 metros de profundidad y su análisis in situ a bordo de los buques en investigación.

En Colombia, la Universidad Bolivariana de Medellín ha venido desarrollando estas técnicas poniendo recientemente a prueba un ROV a 400 metros de profundidad, también la Universidad del Norte inició en 2018 un ambicioso proyecto para el diseño y construcción de un ROV Clase I, enfocado en la arqueología subacuática y dotado de una poderosa cámara que le permita desarrollar fotogrametría a los diferentes naufragios del Caribe colombiano.

De igual forma, el rol de la Armada Nacional sería fundamental en el desarrollo de estas labores; de hecho sus centros de investigaciones y sus capacidades oceanográficas superan a nivel regional a países como Chile y Perú, con una moderna flota de más de seis buques de investigaciones.

Derecho del mar y cooperación internacional

La creación de un tribunal de almirantazgo con el fin de resolver algunos casos, no solo del San José, sino de los cientos de pecios que rodean el territorio marítimo colombiano, (Cartagena de Indias, desde el bajo Salmedina, pasando por Bocachica y llegando hasta las Islas del Rosario y el archipiélago de San Bernardo).

Buscar la inclusión de Colombia en el contexto internacional a través de mecanismos como la Ley de Patrimonio Sumergido de la UNESCO del año 2001 y la ratificación de la III Convención del Mar de 1982, convenios multilaterales, los cuales protegen el patrimonio sumergido y permiten una amplia cooperación en ciencia y tecnología, así como la reforma o derogación de la Ley 1675 de 2013 sobre patrimonio sumergido, son iniciativas urgentes que permitirían a Colombia ejercer un liderazgo internacional en esta materia.

Fuente: uninorte.edu.co

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